Dos celdas idénticas dentro de una sola estructura. De cada una parte una línea con el mismo ángulo: la de la izquierda alcanza la superficie exterior y el punto de contacto se ilumina, y esa claridad se filtra de vuelta a lo largo de la línea hacia el núcleo; la de la derecha, al hallar ante sí solo una superficie fantasma, se apaga antes de poder llegar.

¿Quién de nosotros se equivoca?

Sobre el aislamiento, la previsión y la prueba compartida de la realidad

20 de julio de 2026

I. Una frase

La frase suele decirse de buena fe, a veces incluso con amor. Alguien cercano se la dice a quien lleva mucho tiempo a solas, absorto en su propio trabajo:

«Pasas tanto tiempo solo que empiezas a imaginar cosas. Estás exagerando.»

Quien la dice no tiene mala intención. La mayoría de las veces está de veras preocupado. Quien la escucha, en cambio, siente algo que no logra nombrar de inmediato: en la frase hay una parte acertada y una parte equivocada, y ambas están tan entretejidas que, al no poder separarlas, no acierta a responder. La conversación termina ahí. Las dos partes se marchan convencidas de tener razón.

Este ensayo abre esa frase por dentro.

Tomamos la frase no como el problema de una persona, sino como un tipo de discurso que se repite. Cualquiera que trabaje a solas durante largos periodos la oye de una forma u otra: el escritor, el investigador, el fundador, el compositor, el estudiante que escribe su tesis, quienquiera que lleve años dando vueltas a la misma pregunta. La pregunta es esta: ¿cómo afecta realmente el aislamiento a la percepción de la realidad de una persona y a su previsión sobre el futuro? ¿Y quién está en posición de medirlo?

II. Dos afirmaciones en un solo aliento

La sencillez de la frase es engañosa. Contiene dos afirmaciones lógicamente independientes entre sí.

La primera es causal: el aislamiento conduce a una ruptura con la realidad. Es una afirmación sobre el aislamiento y puede ponerse a prueba empíricamente.

La segunda es epistémica: tu expectativa no es realista. Es una afirmación sobre una previsión concreta y solo puede discutirla alguien que sepa de qué trata esa previsión.

Las dos afirmaciones pueden separarse. Una puede ser verdadera mientras la otra es falsa. Alguien puede estar de hecho aislado con su captación de la realidad perfectamente intacta y, aun así, hacer una predicción pésima. O alguien cuyo sentido de la realidad está gravemente perturbado puede acertar por casualidad.

Cuando el juicio funde ambas en un solo aliento, esto es lo que hace: usa la primera como prueba y deja pasar la segunda sin demostración. La observación «estás aislado» se convierte en un puente hacia la conclusión «por lo tanto te equivocas». Pero bajo el puente no hay nada.

El primer movimiento de este ensayo es esa separación. El segundo es este: una vez separadas, tomar ambas afirmaciones en serio. Porque ambas son a veces verdaderas.

III. La misma arquitectura, dos vidas

Para quien quiera entender qué hace el aislamiento, la historia guarda una extraña coincidencia.

Cuando la celda individual se generalizó en las prisiones estadounidenses del siglo XIX, el modelo arquitectónico de esas celdas ya estaba a mano. Ese modelo era el monasterio. Se pensó que un preso a solas con su conciencia sentiría remordimiento, se volvería hacia dentro y quedaría purificado; en efecto, las celdas donde se cumplían las condenas se construyeron tomando como modelo las celdas monásticas (Storr, 1988). La intención era buena. El resultado fue catastrófico. Las administraciones penitenciarias descubrieron pronto que el aislamiento ejercía sobre los reclusos una presión insoportable, que producía inestabilidad mental y arrebatos de violencia.

Vale la pena detenerse aquí. El mismo cuarto. Las mismas dimensiones. El mismo silencio. El mismo número de horas. De un lado, una celda en la que durante siglos la gente ha entrado por voluntad propia para ahondar en sí misma; del otro, una celda que descompone a la persona.

La diferencia no está en el cuarto. La diferencia está en quién entró en él, cómo y por qué.

Esto reúne todo el argumento del ensayo en una sola imagen: el aislamiento no es un resultado, es una condición. Lo que determina el resultado no es la condición misma, sino la cadena que va de ella al resultado. Ahora veremos, uno a uno, los eslabones de esa cadena. Pero antes vienen dos aclaraciones. Una atañe a una trampa que tiende el lenguaje; la otra, a cuándo se tendió esa trampa.

IV. ¿Cuándo se inventó la soledad?

En 1719 se publicó una novela. Su héroe llevaba veintiocho años viviendo solo en una isla desierta.

En toda la historia de Robinson Crusoe no aparece ni una sola vez la palabra inglesa lonely o loneliness en el sentido emocional que hoy le damos. Crusoe está solo y en ningún lugar se describe a sí mismo como solo en ese sentido (Alberti, 2019). Para un lector de hoy esta es una ausencia casi ininteligible. Veintiocho años, una isla desierta, y ninguna soledad doliente en el centro del texto.

La ausencia no fue un descuido del autor. En aquel momento no existía tal concepto.

En los siglos XVI y XVII, la palabra inglesa loneliness no cargaba con su peso ideológico y psicológico actual. Significaba simplemente la condición de estar solo: un estado físico, no espiritual ni emocional. La Glossographia de Thomas Blount, publicada por primera vez en 1656, definía el término en su edición de 1661 como «an one; an oneliness, or loneliness, a single or singleness». En 1676 Elisha Coles lo daba como «solitude» o «wandering alone», sin ninguna de sus connotaciones emocionales negativas modernas. Incluso el Dictionary de Samuel Johnson, de 1755, describía el adjetivo «lonely» puramente como el estado de estar solo (el «lonely fox») o un lugar desierto (las «lonely rocks»). La palabra no portaba ninguna carga emocional necesaria (Alberti, 2019).

La soledad en el sentido en que la usamos hoy es casi invisible en los textos impresos hasta finales del siglo XVIII. Su uso empieza a crecer hacia 1800 y alcanza su punto máximo a finales del siglo XX. La tesis histórica es esta: la soledad moderna es el producto de un periodo en que el individuo pasó a primer plano frente a la comunidad, y tiene unos doscientos años (Alberti, 2019).

Esta tesis no es la opinión de un solo historiador. Que el concepto casi enteramente negativo de la soledad como aislamiento social fuera una invención de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX es una tesis que el campo de la historia de las emociones ha encontrado convincente; un estudio histórico distinto que lee el mismo periodo a través de la soledad buscada se considera complementario a ella (Rydberg, 2021).

Aun así, hace falta una salvedad, porque esta clase de historia tiene sus límites. La ausencia de un concepto no significa la ausencia de la experiencia, y estos estudios tampoco lo afirman. El médico que en la década de 1780 escribió un tratado exhaustivo sobre la soledad ya disponía, antes de que la palabra adquiriera su peso actual, de un marco rico para tratar el tema con amplitud (Zimmermann, 1784). Lo que cambió no fue que las personas estuvieran solas; fue la respuesta que la cultura daba a lo que significaba estar solo.

Aquí hace falta mucho cuidado, porque este hallazgo se presta fácilmente a un mal uso.

No significa que los efectos del aislamiento sean una invención. En la celda en la que estamos a punto de entrar, las personas se desmoronaron de veras; lo que vivieron no era una construcción cultural. Lo que se historizó no son los efectos del aislamiento, sino el significado que se le atribuye. La frase «estar solo daña a la persona» y la frase «vivir solo es un defecto» no se sitúan en el mismo plano. La primera es una afirmación empírica y puede ponerse a prueba. La segunda es un juicio moral y procede de un marco cultural de dos siglos.

La frase inicial carga con ambas a la vez. Por eso es a un tiempo discutible e hiriente.

Ahora la segunda aclaración. En español, igual que en inglés y en turco, una sola palabra cubre dos fenómenos distintos. La soledad elegida, buscada, fecunda y la soledad impuesta, no deseada, dolorosa se aprietan en el mismo término (Long y Averill, 2003). Sin embargo, entre ellas hay una diferencia estructural: la soledad impuesta es una emoción, la soledad elegida es un estado. La soledad impuesta comporta deseos, sentimientos y patrones de atención concretos; la soledad elegida es una condición abierta a toda clase de sentimiento y de pensamiento, y no es en sí misma un sentimiento (Koch, 1994). Una le sucede a la persona; la otra es el lugar en el que la persona está.

La fundamentación empírica más sólida de la distinción se hizo hace cincuenta años y sigue en pie.

En ese marco, la soledad no es una respuesta a estar solo, sino a un déficit relacional. Y tampoco es una sola cosa. La soledad que surge ante la ausencia de un vínculo emocional estrecho y la que surge ante la ausencia de una red social atractiva presentan síntomas distintos y responden a remedios distintos (Weiss, 1973).

Dos observaciones lo convierten en prueba.

La primera se ve una y otra vez en una organización formada por personas que han enviudado o se han separado. Los nuevos miembros ingresan porque se sienten solos y esperan que la pertenencia lo cure. Dentro entablan nuevas amistades y asumen responsabilidades. Pero, a menos que formen una relación intensa, siguen sintiéndose solos. Una multitud de amigos no reemplaza el vínculo que se perdió.

La segunda viene de la dirección contraria. En un estudio con parejas que se habían mudado a la zona de Boston desde otro estado, las mujeres atravesaron un periodo de lo que se llamó tristeza del recién llegado. Por muy estrechos que fueran sus matrimonios, sus maridos no podían ayudar. Incluso una mujer feliz en su matrimonio se sentía dolorosamente sola porque no tenía acceso a un círculo con el que compartir sus propios intereses. Su soledad terminó solo cuando encontró una comunidad que podía aceptar (Weiss, 1973).

Leídas juntas, las dos observaciones arrojan una conclusión tajante. Tener gente cerca no basta para aliviar la soledad, y no tener a nadie cerca no la garantiza. El síntoma más llamativo en ese mismo marco es este: una persona que vive una soledad emocional puede sentirse absolutamente sola aun cuando la compañía de otros esté de hecho disponible (Weiss, 1973).

La implicación para el juicio es considerable. Quien mira desde fuera ve la soledad física, porque es lo que puede verse. Quien está dentro puede estar viviendo algo completamente distinto, tanto mejor como peor.

Así que la observación en la que se apoya la frase inicial no es un cimiento tan firme como parece. Quien la dice ha visto algo, pero el vínculo entre lo que vio y lo que juzgó es más débil de lo que supone.

V. La pregunta del hombre en la celda

En 1979 se cerraron las puertas del bloque de aislamiento de una prisión de Massachusetts. En agosto se cerraron las puertas exteriores de acero y se retiraron de las celdas los objetos personales: radios, televisores, todo material de lectura salvo la Biblia. Los reclusos interpusieron una demanda. Por orden del tribunal, dos psiquiatras entrevistaron a catorce reclusos durante alrededor de media hora cada uno. La duración mediana del aislamiento era de dos meses (Grassian, 1983).

Las condiciones de las entrevistas eran hostiles. Los guardias estaban de pie justo al otro lado de la puerta, de modo que varios reclusos hablaron en susurros para no ser oídos.

Ahora hace falta cuidado, porque lo que sigue es el pasaje más importante de este ensayo.

Había una demanda en curso. Cabría esperar que los reclusos exageraran sus síntomas para reforzar su caso. No fue eso lo que ocurrió. El investigador informa de lo contrario exacto: los reclusos movilizaron defensas como la racionalización, la evitación, la negación y la represión para minimizar la gravedad de sus reacciones. Las entrevistas empezaban con frases como estas:

«El aislamiento no me molesta.»

«Algunos no lo aguantan; yo no.»

Un recluso enunció su síntoma y lo trivializó en la misma frase:

«Nada más entrar, empecé a cortarme las muñecas. Pensé que era la única manera de salir de aquí.»

Los psiquiatras tuvieron que insistir para sacar la información, ofrecer tranquilidad, abrir los huecos de esos relatos enfrentándolos una y otra vez. A medida que las narraciones tranquilas de la superficie se rompían, de debajo salía otra cosa. El recluso que decía que lo aguantaba acabó describiendo pánico, miedos a la asfixia y distorsiones paranoides.

Tenían razones para su resistencia. Temían que los guardias descubrieran sus fantasías de venganza. O que los guardias vieran una debilidad que pudieran explotar. En varios casos el miedo tenía otra fuente: el recluso creía que en realidad se estaba volviendo loco, y tenía miedo de decirlo.

Retenga este hallazgo. Volveremos a él.

Lo que describieron fue esto.

El sonido se había vuelto insoportable:

«Te vuelves sensible al ruido, a las cañerías. Alguien del piso de arriba pulsa el botón del grifo, el agua corre por las tuberías, suena demasiado fuerte, te destroza los nervios. No lo aguanto, me pongo a gritar. ¿Lo hacen a propósito?»

«Todo se exagera. Al cabo de un tiempo no lo soportas. La comida: antes me comía todo lo que servían. Ahora no aguanto los olores, la carne. Lo único que soporto comer es el pan.»

«Lo que de verdad me saca de quicio es cuando entra una abeja en la celda. Una cosa tan pequeña.»

La vista se había deteriorado:

«Las paredes de la celda empiezan a ondular.»

«Se derrite, todo en la celda empieza a moverse; todo se oscurece, sientes que estás perdiendo la vista.»

Uno describió las bandejas del desayuno:

«Vienen con cuatro bandejas; la primera tiene tortitas grandes, creo que me las van a dar. Luego alguien se acerca y me da unas diminutas, se hacen pequeñísimas, como monedas de plata. Me parece ver movimientos, movimientos muy rápidos delante de mí. Luego parece que hacen cosas a tu espalda, no alcanzas a verlas. ¿Acaba de golpearme alguien? Le doy vueltas durante horas.»

El mismo recluso vio en su celda a un guardia que sostenía una soga.

La memoria se iba:

«Una vez llegué a un punto muerto psicológico, una laguna de memoria. Estuve quince días sin hablar. No oía con claridad. No ves, estás ciego, lo bloqueas todo, desorientado, la conciencia muy mal. ¿Alguien dijo que estaba saliendo de eso? Creo que lo que digo es verdad, no estoy seguro. Creo que se me caía la baba. Un punto muerto total.»

«No puedo concentrarme, no puedo leer. La mente como narcotizada. A veces no logro atrapar en la mente palabras que sé. Me atasco, tengo que pensar en otra palabra. La memoria se va. Sientes que estás perdiendo algo que quizá no recuperes.»

Un recluso se había construido un método para mantener la mente en pie:

«Tengo que intentar concentrarme. Recordar la lista de los presidentes. Memorizar los estados, las capitales, los cinco distritos, los siete continentes, los nueve planetas.»

En esa frase está la lucha desnuda de una persona por conservar el dominio de su propia mente. Nadie se lo enseñó. Lo encontró él mismo. Retenga también este detalle; volveremos a él al final.

Ahora llegamos al problema que está debajo de todo.

Un recluso oyó a los guardias decir que le iban a cortar la pierna. Luego no pudo estar seguro:

«Oigo sonidos, a los guardias diciendo: "se la van a cortar". No estoy seguro. ¿Lo dijeron, o es mi imaginación?»

El investigador establece el significado clínico de esta incertidumbre en una sola frase. Si los guardias lo dijeron de verdad, el recluso está perdiendo su sentido de la realidad. Si dijeron otra cosa, o si lo que dijeron no iba dirigido a él, sufre una distorsión paranoide de la percepción. Si no dijeron nada en absoluto, está alucinando. Y luego viene esta frase:

«No hay corroboración independiente.»

El recluso no puede saber por sí solo cuál de estos es el caso. Porque lo que necesitaría para saberlo le ha sido arrebatado.

Otro recluso, sin proponérselo, convirtió esto en el título de este ensayo. Había intentado comparar los sonidos que oía con el hombre de la celda de al lado:

«Oigo a los guardias hablar. ¿Dijeron eso? ¿Sí? ¿No? Se vuelve confuso. Intenté comprobarlo con el preso de la celda contigua; a veces él oye algo y yo no. Sé que uno de los dos está loco, pero ¿cuál? ¿Estoy perdiendo la cabeza?»

Sé que uno de los dos está loco, pero ¿cuál?

El hombre de la celda formuló la pregunta que este ensayo intenta hacer cuarenta años antes que nosotros, y con muchas menos palabras.

VI. Por qué se derrumba: la puesta a prueba es una tarea compartida

Lo que se derrumbó en el caso de aquel hombre tiene un nombre. Y la causa no es, como suele suponerse, la «soledad».

Primero hay que ver una carencia. La psiquiatría describió estos síntomas con precisión. Grassian nombró el cuadro que surge en la unidad de aislamiento en seis componentes: hiperreactividad a los estímulos externos; distorsiones perceptivas, ilusiones y alucinaciones; ataques de pánico; dificultades de pensamiento, concentración y memoria; pensamientos obsesivos intrusivos; y paranoia manifiesta. Registró que esta configuración concreta de síntomas es sorprendentemente singular, y que las perturbaciones perceptivas en particular no se encuentran prácticamente en ningún otro sitio. Pero dejó una pregunta abierta: ¿por qué aparecen juntos estos síntomas, y por qué los produce precisamente esta situación? La descripción era completa; faltaba la explicación (Guenther, 2011).

El intento de explicación no vino de la psiquiatría, sino de la filosofía. Guenther colocó el análisis husserliano de la intersubjetividad junto a los testimonios de Grassian. Lo que sale de esa yuxtaposición lleva la tesis central de este ensayo bastante más hondo de lo esperado.

La tradición fenomenológica sostiene que la experiencia de una persona del mundo como real depende de los demás. En el término de Husserl, la intersubjetividad trascendental. El argumento es este: vemos los objetos no como superficies planas, sino como cosas de muchas caras, y podemos hacerlo porque hacemos una referencia implícita a las perspectivas que otros podrían adoptar sobre el mismo objeto. Experimentar el mundo como real y objetivo se apoya en la corroboración silenciosa de los demás (según se expone en Gallagher, 2014).

La frase hay que leerla con todo su peso. El sentido de la realidad no es un logro de una sola persona. Es estructuralmente compartido.

Ahora llega el asunto de fondo. Husserl monta un experimento mental. Poner entre paréntesis, con el pensamiento, a los demás sujetos y todo lo que aportan a mi experiencia del mundo. No solo la existencia de otros seres conscientes, sino también la cualidad que los objetos tienen de «estar ahí para todos y ser accesibles a todos». ¿Qué queda? La respuesta de Husserl es que aún queda un estrato de experiencia del mundo unitariamente coherente y continuamente armonioso. La mesa deja de ser «una mesa que cualquiera podría ver», pero sigue percibiéndose como mesa, de manera estable. Husserl llama a este residuo el estrato fundante; todos los demás niveles de experiencia se construyen sobre él.

El movimiento de Guenther es este: la celda es ese experimento mental llevado a cabo por la fuerza. Y el resultado no sale como Husserl dijo que saldría.

Vuelva al testimonio de los reclusos. Las tortitas encogen. Las paredes ondulan. Todo se derrite. Cuando los demás quedan de hecho retirados, no permanece ningún estrato coherente y armonioso; hasta la más mínima estabilidad perceptiva se desintegra. Lo que significa que el suelo que Husserl tenía por el más bajo y el más firme estaba siendo sostenido por las capas de encima. El estrato fundante no se sostiene a sí mismo.

La conclusión que se sigue es mucho más dura que la frase «el hombre es un animal social». La convivencia no es una capa añadida después al sentido de la realidad. La coherencia perceptiva más elemental se sostiene ella misma en común.

Husserl nombra también el mecanismo: el apareamiento. Mi «aquí» es el «allí» del otro; si intercambiáramos los lugares, su posición se volvería mi «aquí». Esta reciprocidad no es una operación de inferencia; se constituye pre-reflexivamente, mediante síntesis pasiva. No decido que quien tengo enfrente es una conciencia y no un maniquí; lo percibo como tal. La conclusión que Guenther saca de esto importa: como el apareamiento no es una operación deliberada de comprobación, es difícil, quizá imposible, compensarlo por otros medios una vez que se ha cortado. No es una brecha que pueda cerrarse prestándose atención a uno mismo.

Heidegger dice lo mismo desde otra dirección: el ser-con-otros no es una propiedad añadida más tarde a la existencia humana, sino su estructura constitutiva. La frase que se sigue de esto es una que todo el que trabaja a solas debería pensar una vez: una persona solo puede sentirse sola porque es un ser que está con otros (según se expone en Gallagher, 2014). La soledad no es la ausencia de convivencia, sino un modo de ella. Merleau-Ponty lo lleva al cuerpo: percibimos a los demás no observándolos, sino interactuando con ellos; hay una coordinación entre los cuerpos.

Ahora vuelva a la celda. Lo que allí se cortó no fue el contacto, sino el canal de verificación. El hombre oye un sonido y no le queda instrumento alguno con el que poner a prueba si es real. Se lo pregunta a la celda de al lado, y ese hombre está en la misma situación. Dos frágiles instrumentos de medición tratando de medirse el uno al otro.

Guenther plantea él mismo la objeción evidente, y la respuesta marca el punto más agudo de la distinción. El hombre en régimen de aislamiento no está, de hecho, solo. Se lo vigila las veinticuatro horas del día, depende de otros para todo, desde la comida hasta el papel higiénico, y está sometido a registros e intervenciones forzadas. No falta contacto; ni siquiera tiene adónde huir de él. Pero la relación va en un solo sentido: se lo observa y no responde; se lo mira y no mira junto a nadie. Guenther lo resume en dos expresiones: aislamiento sin soledad, relacionalidad sin relaciones.

Aquí está por qué importa la distinción: lo que abre el canal no es la presencia del contacto, sino su reciprocidad. El contacto unidireccional no solo no abre el canal, sino que ahonda el aislamiento.

Hay un correlato empírico de esto. La prueba de realidad está normalmente incrustada en interacciones recíprocas y encarnadas; la desencarnación la embota (Yang y Crespi, 2025). Cuando el contacto con el mundo real se llena con un sustituto virtual, la coordinación intercorporal compartida desaparece. Que la actividad de las neuronas espejo sea marcadamente más alta en la interacción cara a cara que ante una pantalla sugiere que la prueba de realidad compartida se apoya fisiológicamente en la reciprocidad encarnada.

Otro estudio completa el mecanismo. Cuando una desconfianza de bajo grado conduce a la evitación, la creencia queda sin poner a prueba y se vuelve progresivamente menos flexible y más resistente a la revisión (Holt, 2025).

La literatura sobre intervenciones lo afina aún más. Un metaanálisis de estudios dirigidos a reducir la soledad distingue cuatro estrategias diferentes: mejorar las habilidades sociales, reforzar el apoyo social, aumentar las oportunidades de contacto social y abordar la cognición social desadaptativa. Entre los estudios con diseños de comparación aleatorizada, los más exitosos fueron los últimos (Masi et al., 2011). Un metaanálisis más reciente que abarca treinta y dos ensayos controlados aleatorizados apunta en la misma dirección: los programas centrados en aumentar el contacto social sí elevaron la cantidad de contacto, pero no dejaron efecto alguno sobre la soledad; el mayor beneficio vino de enfoques cognitivos que abordan los sesgos atribucionales desadaptativos, sobre todo entre los participantes más jóvenes (Zagic et al., 2022, según se informa en Holt, 2025). Lo decisivo, entonces, no es la cantidad de contacto, sino la dirección de la cognición.

Este hallazgo es la cara empírica de la distinción trazada en la cuarta sección. Allí vimos que la soledad no es lo mismo que estar solo; aquí vemos que el remedio para la soledad no es una multitud de personas. Dos caras de la misma estructura.

Hay aquí una convergencia digna de registrarse. La fenomenología parte de un análisis de la conciencia escrito hace cien años y llega a la conclusión de que el contacto unidireccional no abre el canal. Los ensayos controlados aleatorizados parten de los datos de treinta y dos experimentos distintos y llegan a la conclusión de que aumentar la cantidad de contacto no resuelve la soledad. Los dos métodos no tienen nada en común: uno es análisis conceptual, el otro medición numérica. Que salgan al mismo lugar sugiere que lo hallado pertenece al fenómeno y no al método.

Juntos parten por la mitad el juicio «estás solo, por lo tanto estás desconectado». Lo que produce la ruptura no es la soledad en sí. Es el cierre del canal de verificación. Y ese canal puede cerrarse también en medio de una multitud.

Precisamente por eso, lo que ocurrió en la celda le da a este ensayo un criterio. La pregunta que hay que hacer no es «¿está sola esta persona?». La pregunta que hay que hacer es esta: ¿hay un canal a través del cual esta persona pueda poner a prueba sus creencias?

VII. ¿Pero es seguro el aislamiento elegido?

No. Hay que decirlo, porque la tesis contraria consolaría al texto y sería falsa.

En un estudio basado en entrevistas con practicantes y maestros occidentales de meditación budista, el cuarenta y nueve por ciento de sesenta y ocho participantes refirió al menos un pensamiento de tipo delirante asociado a la meditación. Los tipos más frecuentes fueron el conocimiento especial (39 por ciento), la muerte o el morir (27 por ciento), la paranoia en forma de peligro procedente de otros (24 por ciento) y la grandiosidad (21 por ciento). No eran rarezas pasajeras: de los treinta y tres que los refirieron, a once se les recetó medicación antipsicótica y ocho recibieron el diagnóstico de una nueva enfermedad mental (Solomonova et al., 2025).

Las personas de aquí no son presos. Vinieron por su propia voluntad, trabajan con un maestro y una comunidad, saben lo que hacen. Encajan exactamente en la definición del aislamiento elegido.

El hallazgo más importante del estudio es un hallazgo de ausencia: quienes referían ideación de tipo delirante no tenían una historia psiquiátrica o de trauma más prevalente. Tampoco se diferenciaban de los demás en cuanto a formar parte de una comunidad o a trabajar con un maestro. El fenómeno no es «algo que les ocurre a unas pocas personas ya de por sí frágiles».

Llegamos ahora al caso más revelador de este ensayo. Un participante describe lo que le sucedió en un retiro:

«Sin duda tuve una de esas experiencias en las que, en el retiro, sentía esto: sabía exactamente lo que tenía que hacer con mi trabajo, y si hacía esto, entonces pasaría esto y luego esto otro. Ya sabes, toda esa idea grandiosa que estaba seguro de que era una intuición maravillosa. Y, en el momento en que el retiro terminó, fue como: "¿En qué estaba pensando?". Quiero decir, era algo tan por completo ajeno a lo que de verdad habría funcionado en la realidad.» (#62)

Este hombre no miente. Tampoco está loco. En el retiro estaba seguro de su propia previsión, y esa sensación de certeza era real. Una vez fuera, él mismo rechazó esa misma previsión.

Repárese en qué fue lo que corrigió: no fue un juicio pronunciado desde fuera. Nadie le dijo que estaba exagerando. Su propio canal de verificación se reabrió, y él mismo llevó a cabo la prueba.

Este caso corta en las dos direcciones a la vez. Por un lado echa por tierra el consuelo de que la soledad elegida es inofensiva. Por el otro echa por tierra la afirmación de que una persona aislada no puede reconocer su propio error, porque este hombre sí lo reconoció, y sin ayuda.

El mecanismo que los investigadores proponen para explicar por qué ocurre esto encaja exactamente con el marco de este ensayo: los retiros están diseñados para reducir las señales ambientales ordinarias, para alterar el contexto social y laboral, para restringir el sueño y la actividad social. El aislamiento elegido, entonces, estrecha los canales de verificación igual que lo hace la celda. La diferencia es que cierra la puerta desde dentro y se queda con la llave.

También en el plano cuantitativo se exige honestidad. Un metaanálisis sobre el aislamiento penitenciario que abarca trece estudios y más de trescientos ochenta mil presos muestra una asociación de tamaño medio con síntomas psicológicos generales; la diferencia de medias estandarizada es de 0,45, y de 0,51 excluyendo un valor atípico (Luigi et al., 2020). El efecto aparece por encima del encarcelamiento en general y de la enfermedad mental preexistente. Pero este estudio no establece una curva de dosis-respuesta. La creencia extendida de que el deterioro aumenta a medida que el aislamiento se prolonga no está demostrada en el plano metaanalítico; solo se ha señalado en un único estudio, metodológicamente débil. Que la dosis importa es verosímil; la evidencia todavía no lo vuelve seguro.

VIII. Entonces, ¿por qué no se derrumba todo el mundo?

Un lector que haya llegado hasta aquí puede ver un cuadro sombrío. No debería. Porque la otra mitad del cuadro es igual de empírica y al menos igual de sólida.

Un estudio realizado con más de dos mil personas muestra que los réditos de la soledad, es decir, la autonomía, la conexión con uno mismo y el ahondamiento interior, son reales y mensurables. El hallazgo más robusto es este: entrar en la soledad de forma voluntaria, por un deseo autodeterminado, es el predictor más fuerte del bienestar que ella reporta (Weinstein, Nguyen y Hansen, 2021).

Este es el correlato mensurable de la diferencia entre el monasterio y la prisión. El observador de fuera ve la soledad física. La variable que determina la experiencia interior es invisible: el deseo con el que la persona entró.

El mismo estudio trae una advertencia que no debería pasarse por alto: el ahondamiento autodirigido puede rebajar la calma a corto plazo. La clarificación tiene su precio. El mismo giro hacia dentro que alimenta la obra original puede también, llevado al exceso, poner la mente a girar en torno a sí misma.

Pero el eslabón que falta viene de otra parte.

En su libro sobre la soledad, Anthony Storr revisa abiertamente su propia idea anterior. Antes creía esto: que uno no puede empezar a ser consciente de sí mismo como individuo separado sin otra persona con quien compararse; que un hombre en aislamiento es un hombre sin individualidad; que los artistas creadores, al creer que son más ellos mismos cuando están solos, olvidan que el arte es comunicación. Luego añade:

«Sigo creyendo esto; pero quiero añadir una salvedad en el sentido de que la maduración y la integración pueden darse dentro del individuo aislado en mayor medida de lo que yo había admitido. Los grandes creadores introvertidos son capaces de definir su identidad y de alcanzar la autorrealización por autorreferencia; es decir, interactuando con su propia obra pasada antes que interactuando con otras personas.» (Storr, 1988)

Esta frase completa y equilibra el cuadro sombrío de la sexta sección.

Lo que el hombre de la celda perdió fue el canal de verificación. Lo que Storr señala es esto: el creador aislado tiene un segundo canal. Su propia obra acumulada. Lo que ha producido a lo largo de los años es una realidad externa que le devuelve la mirada, que le opone resistencia, capaz de contradecirle. Quien hoy puede mirar la obra del año pasado y decir «eso estaba mal» está llevando a cabo una prueba. El canal está abierto.

Aquí está la diferencia: el hombre de la celda no tenía nada. Le habían retirado todo material de lectura salvo la Biblia, se había cortado su vínculo con su propio pasado, y todo lo que le quedaba eran paredes y sonidos. Por eso memorizaba listas de presidentes. Sin ningún objeto externo que lo sostuviera, intentó fabricar uno.

Hay constancia de otros ejemplos de este esfuerzo de fabricación. Robert King, a lo largo de los veintinueve años que pasó en régimen de aislamiento, hacía dulces de praliné reuniendo sobres de azúcar, cacahuetes y leche en polvo y modelando una olla con una lata de aluminio; también jugaba al ajedrez en un tablero hecho de cuadrados de papel higiénico plegado pegados al suelo con pasta de dientes (King, 2010, según se informa en Guenther, 2011). Otro recluso en régimen de aislamiento, Herman Wallace, siguió diseñando la casa de su imaginación en una colaboración con la artista Jackie Sumell (Sumell y Wallace, 2006, según se informa en Guenther, 2011).

El estudio que informa de estos ejemplos añade de inmediato una advertencia, y la advertencia vale también para este ensayo. Que algunas personas logren resistir no atenúa el hecho de que la estructura se derrumba. La resistencia muestra la fortaleza de la persona, no la inocuidad de la condición. Confundir ambas cosas lleva hasta el extremo de tomar como medida a quien aguantó y de culpar a quien no lo hizo.

El creador que Storr describe está exactamente en la posición contraria: tiene una obra acumulada a lo largo de años, a la que puede volver, en la que puede ver sus propias contradicciones. La prueba continúa; solo ha cambiado el interlocutor.

Storr hace dos observaciones más en el mismo lugar. Primera: tras completar un proyecto, la persona muy creativa suele atravesar un periodo de depresión del que solo la alivia emprender la siguiente obra. Segunda: estas personas tienden a proteger sus mundos interiores frente al escrutinio prematuro y la crítica de los demás.

Esta segunda observación explica por qué la frase inicial hiere tanto como lo hace. «Estás exagerando» toca algo que aún no ha madurado. El problema está tanto en el momento del juicio como en su contenido.

Un último contrapeso, porque el cuadro no debe inclinarse en una sola dirección. Un estudio con más de novecientos trabajadores en remoto halla que el efecto del aislamiento depende del perfil de personalidad: un perfil que prefiere trabajar solo, introvertido y emocionalmente más frágil, mostró menor creatividad y mayor estrés en el trabajo remoto (Michinov et al., 2022). Esto es un freno empírico a la expectativa de que quienes trabajan solos son más creativos. Tampoco deben pasarse por alto dos matices: el perfil medido no es la soledad pura, mide una preferencia por estar solo junto con una alta fragilidad emocional; y la creatividad medida es una tarea de producción rápida de cinco minutos, que no capta el trabajo profundo de largo alcance que es el campo real del creador aislado.

IX. «Estás soñando despierto» no es la pregunta correcta

Volvamos a la segunda mitad de la frase inicial.

La expresión «estás soñando despierto» trata la ensoñación como un defecto en sí mismo. Pero la ensoñación es una capacidad neutra y universal. Todo el mundo la tiene. La pregunta que importa no es si la ensoñación existe, sino qué hace.

El concepto de ensoñación desadaptativa sitúa el umbral de lo patológico no en el contenido sino en la función (Somer, 2002). Una ensoñación se cuenta como desadaptativa cuando sustituye a la interacción humana o menoscaba el funcionamiento académico, interpersonal o laboral. El criterio no es de qué trata la ensoñación, sino qué es lo que sustituye.

Un metaanálisis que abarca más de veinticuatro mil participantes halla vínculos consistentes entre la ensoñación desadaptativa y la psicopatología; la correlación es de 0,54 con la psicopatología general, de 0,45 con la disociación y de 0,29 con la soledad (Somer et al., 2025). El número de estudios en que se apoyan estos tres valores no es igual: la psicopatología general se apoya en seis, la disociación en diez, la soledad en solo tres, lo que hace de esta última la más frágil.

Aquí hay que trazar una frontera honesta. La muestra de este metaanálisis está construida sobre el extremo patológico; el extremo creativo que hemos venido llamando obra original aislada no está representado en esos datos. Las correlaciones halladas no muestran la ensoñación en general, sino la forma de ella asociada a la patología.

Así que la pregunta correcta no es «¿está soñando despierto?», porque la respuesta es sí para todo el mundo. La pregunta correcta es esta: ¿la ensoñación alimenta el trabajo, o lo suplanta?

En la práctica esta distinción da un criterio muy afilado. Si la ensoñación lleva a sentarse al escritorio por la mañana, a hacer el trabajo, a ver el resultado, es un uso creativo de la capacidad. Si la ensoñación misma proporciona la satisfacción y el trabajo nunca empieza, la función se ha desplazado.

Hay un problema más de temporalidad, quizá el más importante de todos.

Si una previsión es una «visión» o una «fantasía ociosa» no puede distinguirse antes de que aparezca el resultado. A lo que se cumple se le llama visión después; a lo que no, exageración. Ambas son etiquetas retrospectivas. Los experimentos de realidad virtual sobre la ideación de tipo delirante muestran que tales creencias son una extensión de procesos normales antes que un déficit aparte; las ideas de persecución aumentan de forma gradual a lo largo de tres grupos que van de la paranoia baja al delirio clínico, por un factor de 2,86 en el grupo no clínico de paranoia alta y de 12,51 en el grupo clínico (Freeman et al., 2010). La regularidad de estos pasos apunta a una gradación antes que a un salto categórico. El factor protector también está claro: no sacar conclusiones precipitadas, dejar espacio para la duda y para explicaciones alternativas.

Lo que las distingue, entonces, no es el contenido de la creencia sino la flexibilidad del razonamiento. De dos personas que defienden la misma previsión, una puede ser visionaria y la otra delirante; lo que marca la diferencia es qué ocurre cuando llega la contraevidencia.

X. La calibración de quien juzga

Pasamos ahora al otro lado de la balanza. Aquí hace falta cuidado, porque esta sección podría convertirse fácilmente en un consuelo. No lo hará.

«Estás exagerando» es una afirmación sobre la probabilidad. Implícitamente dice: la probabilidad de que tu previsión se cumpla es baja.

La mayoría de las veces esta afirmación está estadísticamente justificada. La probabilidad de que la gran previsión de un individuo elegido al azar se cumpla es de veras baja. La tasa base castiga el optimismo, y decirlo es realismo, no pesimismo.

Pero hay un problema. Alguien que ya se ha embarcado en una empresa inusual y ha acumulado años de trabajo en su campo no es una muestra aleatoria extraída de la población general. Aplicarle la tasa de la población general es usar la clase de referencia equivocada. La misma persona parece «realista» o «delirante» según en qué tasa se la sitúe.

La conclusión que se sigue es esta: el error de calibración es simétrico.

El creador puede inflar su propia probabilidad, con el sesgo de optimismo empujándolo hacia un futuro más luminoso que el real. Es un error genuino y este ensayo no lo atenúa. Pero el observador comete un error simétrico: sin conocer la tasa interna de un campo que no le es familiar, sitúa a la persona en la tasa de la población general. Ambos lados están expuestos a la falacia de la tasa base, solo que en direcciones opuestas.

Volvemos ahora al hallazgo que le pedí tener presente en la quinta sección.

Recuerde: había una demanda en curso, cabría esperar que los reclusos exageraran sus síntomas, y ocurrió lo contrario. Los reclusos minimizaron sus síntomas, empezaban con «el aislamiento no me molesta», y los psiquiatras tuvieron que insistir para sacar más.

La significación de ese hallazgo aquí es considerable.

El observador no solo estima mal la probabilidad de un resultado. También estima mal la dirección en la que la otra persona se desviará. El juicio «estás exagerando» da por supuesto desde el inicio que la persona se desvía hacia la exageración. Sin embargo, en la condición misma en que más se esperaría la exageración desde fuera, esto es, entre presos en régimen de aislamiento que habían interpuesto una demanda, la desviación fue en el sentido contrario.

Esto no invalida el juicio. Debilita la intuición en la que el juicio se apoya. La intuición de que «la gente exagera en esta situación» no se sostuvo en el lugar más idóneo donde podría haberse puesto a prueba.

A lo que se añade esto: saber que una creencia es infundada es difícil en cada punto del continuo. Esa dificultad se aplica no solo a quien hace la previsión, sino a quien juzga. Quien juzga tampoco puede ver el fundamento de su propia intuición.

Una cosa hay que decirla con claridad aquí, o esta sección se leerá mal.

Nada de esto significa que «quienes te critican son superficiales». Leído así, el ensayo se desmorona en una mentira consoladora. El error del observador no es mala fe, ni es condescendencia. Es un error de razonamiento que todo el mundo comete, y el creador está cometiendo el mismo error en su propio favor. De hecho, quien pronuncia la frase inicial suele pronunciarla por preocupación, no por desprecio.

La única conclusión que se sigue es esta: ninguno de los dos lados posee un instrumento capaz de emitir un veredicto final. Ambos están sujetos a calibración.

XI. Ni elogio ni reproche

Hasta ahora este ensayo ha dado por supuesta una cosa: que se emitirá un veredicto. Buscamos criterios, discutimos la calibración, afilamos las preguntas. Todo ello giraba en torno a la pregunta «¿cómo emitimos el veredicto correcto?».

Pero una pregunta no se hizo. ¿Tenemos que emitir un veredicto siquiera?

Recuerde el hallazgo histórico de la cuarta sección. Vivir solo no era un defecto hasta hace doscientos años, porque el concepto que lo convertiría en tal aún no se había construido. Crusoe pasó veintiocho años en la isla y a su autor no se le ocurrió escribir esto como una carencia. Si la misma historia se contara hoy, la salud mental del héroe estaría en el centro de la novela.

Esto no cancela los efectos del aislamiento; lo dijimos con claridad en la cuarta sección. Lo que cancela es otra cosa: el reflejo que convierte el vivir en aislamiento en una categoría moral. Ese reflejo no es una intuición humana universal, sino el producto de un periodo histórico particular.

Hace falta un paso más, porque aquí es donde está el asunto de verdad.

Las preferencias de una persona no son decisiones añadidas a su vida desde fuera. Cómo vive, a qué dedica su tiempo, con quién pasa cuánto tiempo, es una extensión de lo que es. Quien elige trabajar solo no está eligiendo meramente un modo de vivir; está continuando un modo de ser sí mismo. Por eso un juicio moral dirigido a esa elección no toca una conducta sino un ser. También explica por qué la frase hiere desmesuradamente.

Es más, la preferencia no es fija. Esto es lo más interesante de aquí.

El marco común trata la soledad elegida y la impuesta como dos cajas separadas. Pero la frontera es permeable, y funciona en las dos direcciones. Una dirección ya se conoce: una soledad que empezó como elegida puede convertirse en impuesta a medida que el tiempo se alarga y las alternativas se cierran. La dirección inversa se discute menos, pero no es menos real: una situación que empieza en la necesidad puede volverse una preferencia con el tiempo. Una persona construye un modo de trabajar dentro de una soledad que no quería, el modo de trabajar resulta eficaz, y entonces se vuelve su preferencia. Incluso cuando la necesidad original desaparece, no vuelve atrás.

Esta dirección se observó hace poco en un gran experimento natural. Durante los confinamientos de la pandemia, una gran parte de la población quedó involuntariamente separada de su entorno social acostumbrado. Un estudio cualitativo con adultos jóvenes que vivieron los confinamientos muestra que algunos fueron capaces de convertir esta soledad impuesta en un recurso transformador: la liberación de obligaciones sociales sostenidas de cara a la galería, un espacio que se abría para la reflexión hacia dentro, un sentido de sí mismo que se volvía más consistente con los propios valores de la persona (Paterson y Park, 2023). Desde fuera el cuadro era idéntico en todo momento: personas quedándose solas en casa. Lo que ocurría dentro era, para algunos, una pérdida y, para otros, una ganancia.

Hay una huella de esto en el plano de la medición. En el estudio de la soledad a lo largo de la vida, el deseo autodeterminado de estar solo se mide con tres ítems, y uno de ellos sondea exactamente esto: «Sentí que no tengo más remedio que estar solo» (Weinstein et al., 2021). La escala, dicho de otro modo, intenta ver la diferencia entre la preferencia genuina y el desamparo. En el mismo estudio esta motivación autodeterminada es más baja en los adolescentes y más alta en los adultos; los adultos mayores refieren sentirse más a gusto y menos solos cuando están solos. Lo contrario de la extendida ansiedad sobre la soledad en la vejez.

Aquí se exige honestidad: estos son datos transversales, y no se siguió a los mismos individuos a lo largo del tiempo. Que grupos de edad distintos respondan de forma distinta podría también deberse a diferencias generacionales. Así que este hallazgo no prueba la permeabilidad; es consistente con ella. Tenemos que preservar esa distinción, o habremos hecho que los datos digan lo que queríamos.

Pasemos ahora a la objeción más seria a este argumento, porque si no se anticipa, este se convierte en el punto más débil del ensayo.

La objeción es esta: el volverse la necesidad en preferencia puede no ser una liberación sino una capitulación. La gente deja de querer lo que no puede tener. Menospreciar la vida que no se puede alcanzar y ensalzar la que está al alcance es un modo conocido de reducir el dolor. En ese caso, decir «se convirtió en una preferencia» no es más que un modo adornado de decir que la restricción se ha interiorizado. La objeción es seria, y hay casos en que es correcta.

Pero hay un criterio distintivo, y este ensayo ya lo ha mostrado dos veces.

Recuerde al hombre de la celda. Para mantener su mente en pie memorizaba la lista de los presidentes, los estados, las capitales, los continentes, los planetas. Es un esfuerzo de adaptación y es digno de respeto. Pero repare en esto: esa lista no da a nada. No produce nada con ella, no llega a ninguna parte. La única función que le queda es demorar la desintegración.

Recuerde al creador que Storr describe. También él está solo. También él se ha vuelto hacia sus propios recursos interiores. Pero el lugar al que se vuelve es una obra acumulada, y esa obra sigue creciendo. Puede mirar la obra del año pasado y objetarla, construir la de este año en consecuencia, y el año que viene objetar ambas.

Ambos están lidiando con la soledad. La diferencia está en lo que el modo de lidiar hace a la capacidad. Uno la protege estrechándola, el otro ensanchándola.

¿La preferencia ensancha lo que la persona puede hacer, o estrecha lo que puede querer?

En el primer caso la necesidad se ha vuelto genuinamente preferencia. En el segundo, el lenguaje de la preferencia es una cobertura tendida sobre un estrechamiento.

Este criterio es el argumento propio del ensayo. No está listo de antemano en las fuentes que tenemos; se extrajo de la comparación de dos casos en bruto y hay que señalarlo como tal. Los estudios que miden la voluntariedad de estar solo miden lo que ocurre en un corte transversal, no cómo se llegó a ese corte.

La conclusión que se sigue es normativa, y es el punto más lejano al que este ensayo llega.

El aislamiento es una condición que no debe elogiarse ni reprocharse. No puede elogiarse, porque ahí están los datos del retiro de la séptima sección: el aislamiento elegido también puede distorsionar a una persona, y nadie es inmune. No puede reprocharse, porque igualmente ahí están los datos de la octava sección: la misma condición puede ser el suelo de la maduración y de la producción, y a través de un canal que el juicio moral no puede ver.

Tampoco es nueva esta conclusión. El médico que escribió el primer tratado moderno completo sobre la soledad dijo esto hace doscientos cuarenta años: los efectos malos y buenos de la soledad, según las diversas circunstancias y las diversas mentes, deben observarse y examinarse antes de poder decir en qué casos es dañina y en cuáles da buenos frutos (Zimmermann, 1784; según se informa en Rydberg, 2021). En los dos siglos transcurridos, los instrumentos de medición han cambiado; la prisa por emitir veredictos no.

Lo que queda no es juicio sino interés. Es decir, esta pregunta: ¿están abiertos los canales de esta persona, está creciendo su capacidad, avanza su obra? Son preguntas que pueden hacerse, y sus respuestas no requieren un veredicto.

XII. Lo que queda

Este ensayo no fue una defensa. No trató de refutar la frase inicial; la tomó en serio y la abrió. Reunamos lo que queda.

El aislamiento no es un resultado, es una condición. No trae ni una ruptura con la realidad ni obra original por sí solo. Por eso las frases «estás alucinando porque estás aislado» y «eres original porque estás aislado» comparten el mismo error. Ambas miran el mismo cuarto y emiten un veredicto sin preguntar quién está dentro haciendo qué. El monasterio y la prisión son la misma arquitectura.

Pero este ensayo no termina en la incertidumbre. Porque los eslabones de la cadena se han vuelto visibles, y los eslabones se vuelven preguntas que pueden hacerse.

¿Está abierto el canal?

Lo que se derrumbó en la celda no fue la soledad sino la posibilidad de verificación. ¿Hay una superficie externa contra la que puedas golpear tu creencia? Esa superficie puede ser una persona, puede ser tu propia obra pasada, puede ser un resultado real que tu obra haya encontrado en el mundo. El canal no tiene que ser una persona. Pero tiene que ser algo.

¿Lo visto o lo vivido?

La soledad física y el sentimiento de soledad no son lo mismo; una es visible, el otro no. Tener gente cerca no alivia la una, y su ausencia no provoca el otro. El observador de fuera solo puede medir el lado visible, y por lo común no advierte que es esto lo que está midiendo.

¿Quién cerró con llave? ¿Sigue siendo la misma persona?

¿La puerta se cerró con llave desde dentro o desde fuera? La voluntariedad es el factor distintivo más fuerte que se ha medido. Pero esta pregunta no se hace una vez y se deja, porque la respuesta cambia con el tiempo, y cambia en las dos direcciones: lo elegido puede volverse lo impuesto, lo impuesto puede volverse lo elegido.

¿Ensanchar o estrechar?

Si el volverse una soledad en preferencia es genuino o una cobertura lo dice la capacidad de la persona. Si lo que puede hacer aumenta, la transformación es real. Si solo disminuye lo que puede querer, eso no es preferencia sino capitulación.

¿La ensoñación está delante del trabajo, o en su lugar?

Si la ensoñación lleva a sentarse al escritorio, es capacidad. Si la ensoñación misma proporciona satisfacción y el trabajo nunca empieza, la función se ha desplazado. El criterio no es emocional sino conductual: ¿qué se produjo este mes?

¿Qué ocurre cuando llega la contraevidencia?

Lo que separa la visión del delirio no es la audacia del contenido sino la flexibilidad del razonamiento. ¿Cambia una previsión falsable cuando se la falsa?

¿Dónde está la dosis?

La duración y la intensidad importan de veras, pero se exige honestidad al decirlo: la curva de dosis-respuesta no se ha establecido metaanalíticamente. Verosímil, no probado.

Ninguna de estas preguntas da la respuesta «tienes razón» o «te equivocas». Todas son preguntas de calibración, y ese es el punto: antes de que aparezca el resultado, la única operación legítima no es una etiqueta firme sino una calibración de la probabilidad.

Tampoco la calibración es unilateral. Por eso la conversación inicial llegó a un punto muerto. Ambos lados emitían veredictos firmes, y ninguno poseía un instrumento capaz de emitir uno. La respuesta no era «tienes razón», ni era «no lo entiendes». La respuesta era esta: los dos estamos midiendo, nuestros dos instrumentos son frágiles, así que hablemos de los criterios.

Una última cosa. A lo largo de este ensayo el sujeto ha parecido una persona que trabaja sola. No lo es.

Si la prueba de realidad es un proceso compartido y encarnado, lo que puede embotarla no es la soledad física sino la erosión de los canales de verificación. En una época en que la reciprocidad cara a cara se ve cada vez más reemplazada por el contacto mediado por pantallas, en que cada uno está rodeado de su propia evidencia en su propio feed, esa erosión ya no es la situación especial del creador solitario.

El hombre de la celda le preguntó a la celda de al lado porque no tenía otro instrumento de medición. «A veces él oye algo y yo no. Sé que uno de los dos está loco, pero ¿cuál?»

Esa pregunta ya no se hace solo en las celdas.

Referencias

Alberti, F. B. (2019). A biography of loneliness: The history of an emotion. Oxford University Press.

Freeman, D., Pugh, K., Vorontsova, N., Antley, A. & Slater, M. (2010). Testing the continuum of delusional beliefs: An experimental study using virtual reality. Journal of Abnormal Psychology, 119(1), 83-92. doi:10.1037/a0017514

Gallagher, S. (2014). The cruel and unusual phenomenology of solitary confinement. Frontiers in Psychology, 5, 585. doi:10.3389/fpsyg.2014.00585

Grassian, S. (1983). Psychopathological effects of solitary confinement. American Journal of Psychiatry, 140(11), 1450-1454.

Guenther, L. (2011). Subjects without a world? An Husserlian analysis of solitary confinement. Human Studies, 34(3), 257-276. doi:10.1007/s10746-011-9182-0

Holt, D. J. (2025). Loneliness in schizophrenia: Just loneliness. Annals of the New York Academy of Sciences, 1553(1), 96-111. doi:10.1111/nyas.70022

King, R. (2010, 28 August). Experience: I spent 29 years in solitary confinement. The Guardian. https://www.theguardian.com/lifeandstyle/2010/aug/28/29-years-solitary-confinement-robert-king

Koch, P. (1994). Solitude: A philosophical encounter. Open Court.

Long, C. R. & Averill, J. R. (2003). Solitude: An exploration of benefits of being alone. Journal for the Theory of Social Behaviour, 33(1), 21-44. doi:10.1111/1468-5914.00204

Luigi, M., Dellazizzo, L., Giguère, C.-É., Goulet, M.-H. & Dumais, A. (2020). Shedding light on “the hole”: A systematic review and meta-analysis on adverse psychological effects and mortality following solitary confinement in correctional settings. Frontiers in Psychiatry, 11, 840. doi:10.3389/fpsyt.2020.00840

Masi, C. M., Chen, H.-Y., Hawkley, L. C. & Cacioppo, J. T. (2011). A meta-analysis of interventions to reduce loneliness. Personality and Social Psychology Review, 15(3), 219-266. doi:10.1177/1088868310377394

Michinov, E., Ruiller, C., Chedotel, F., Dodeler, V. & Michinov, N. (2022). Work-from-home during COVID-19 lockdown: When employees’ well-being and creativity depend on their psychological profiles. Frontiers in Psychology, 13, 862987. doi:10.3389/fpsyg.2022.862987

Paterson, J. & Park, M. S.-A. (2023). “It’s allowed me to be a lot kinder to myself”: Exploration of the self-transformative properties of solitude during COVID-19 lockdowns. Journal of Humanistic Psychology. doi:10.1177/00221678231157796

Rydberg, A. (2021). Johann Georg Zimmermann’s therapeutics of solitude in the German Enlightenment. Emotions: History, Culture, Society, 5(2), 259-278. doi:10.1163/2208522X-02010130

Solomonova, E., Lindahl, J. R., Gold, I., Cooper, D. J., Little, C., Arteca, D., Cao, C. & Britton, W. B. (2025). “I was trying to save the world”: Delusion-like ideation and associated impacts reported by Western practitioners of Buddhist meditation. Frontiers in Psychology, 16, 1644684. doi:10.3389/fpsyg.2025.1644684

Somer, E. (2002). Maladaptive daydreaming: A qualitative inquiry. Journal of Contemporary Psychotherapy, 32(2-3), 197-212. doi:10.1023/A:1020597026919

Somer, E., Herscu, O., Samara, M. & Abu-Rayya, H. M. (2025). Maladaptive daydreaming and psychopathology: A meta-analysis. International Journal of Psychology, 60(2), e70027. doi:10.1002/ijop.70027

Storr, A. (1988). Solitude: A return to the self. Free Press.

Sumell, J. & Wallace, H. (2006). The house that Herman built. Merz & Solitude.

Weinstein, N., Nguyen, T.-v. & Hansen, H. (2021). What time alone offers: Narratives of solitude from adolescence to older adulthood. Frontiers in Psychology, 12, 714518. doi:10.3389/fpsyg.2021.714518

Weiss, R. S. (1973). Loneliness: The experience of emotional and social isolation. MIT Press.

Yang, N. & Crespi, B. J. (2025). I tweet, therefore I am: A systematic review on social media use and disorders of the social brain. BMC Psychiatry, 25. doi:10.1186/s12888-025-06528-6

Zagic, D., Wuthrich, V. M., Rapee, R. M. & Wolters, N. (2022). Interventions to improve social connections: A systematic review and meta-analysis. Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, 57(5), 885-906. doi:10.1007/s00127-021-02191-w

Zimmermann, J. G. (1784). Ueber die Einsamkeit (Zweiter Theil). Leipzig: Weidmanns Erben und Reich. (El texto del que procede la cita de este ensayo; el pasaje está en las pp. 3-4.)

Zimmermann, J. G. (1791). Solitude considered with respect to its influence upon the mind and the heart. C. Dilly. (La traducción inglesa de época de la obra original; según su portada, se hizo no del alemán sino de la traducción francesa de J. B. Mercier de 1788. La cita de aquí no procede de esta traducción; véase la nota de versión.)

Nota de versión

v1.2 · 21 de julio de 2026 · dos testimonios nombrados.

Los dos ejemplos de resistencia de la octava sección se daban de forma anónima en las versiones anteriores. Ambos figuran en la fuente bajo su propio nombre y con su propio testimonio publicado: el relato en primera persona aparecido en la prensa bajo la firma de Robert King (King, 2010) y el trabajo llevado a cabo por Herman Wallace con la artista Jackie Sumell (Sumell y Wallace, 2006). El anonimato no protegía aquí ninguna intimidad, porque no quedaba ninguna que proteger; lo que hacía, en cambio, era volver invisibles dos fuentes primarias que el lector habría podido seguir. Los nombres se restablecieron, las referencias entraron en la bibliografía.

El eje del texto sigue siendo la estructura; los nombres no son el sujeto de la tesis sino la referencia del testimonio. La decisión concuerda además con lo que el ensayo mismo sostiene. Un ensayo que sostiene que lo que se erosiona en el aislamiento penitenciario no es el contacto sino la reciprocidad, es decir, el reconocimiento del sujeto por los demás, producía una contradicción sutil al dejar sin nombre a quienes supieron resistir.

Se añadieron dos referencias; el total llegó a veinticinco. La corrección de Grassian en la sexta sección se hizo en este sitio dentro de la versión anterior y queda consignada más abajo; en el archivo fuente del ensayo esa misma corrección cae en esta versión.

v1.1 · 21 de julio de 2026 · la capa fenomenológica de la sexta sección asentada sobre su fuente primaria.

Una laguna subsistía en la primera publicación, y quedaba consignada abiertamente más abajo, en la cláusula del régimen de las fuentes de la nota v1.0: la discusión fenomenológica de la sexta sección reposaba únicamente sobre el análisis de Gallagher (2014), y los conceptos de Husserl, Heidegger y Merleau-Ponty se daban allí de segunda mano, con la mención «según se expone en». Guenther (2011), el trabajo primario sobre la cuestión, se había obtenido el día de la publicación pero no se había leído. En esta versión se leyó y entró en el texto.

La sección se reconstruyó en consecuencia. Se añadieron cuatro cosas. Primera, la laguna explicativa dejada por la psiquiatría: Grassian describió el conjunto de síntomas en seis componentes pero no explicó por qué estos síntomas ocurren juntos; la pregunta que hace la sexta sección cae exactamente en esa laguna. Segunda, el experimento mental de Husserl y su falsación por los testimonios de las celdas: se predijo que, una vez puestos entre paréntesis los demás, quedaría un estrato de experiencia del mundo coherente y armonioso, y los relatos de los reclusos muestran que no queda. Esto refuerza la afirmación central del ensayo: la convivencia no es una capa añadida después al sentido de la realidad, sino el soporte de la más elemental coherencia perceptiva. Tercera, que el mecanismo del apareamiento es pre-reflexivo y por tanto no puede compensarse mediante el esfuerzo consciente. Cuarta, la distinción de que la condición del aislamiento penitenciario no es una privación de contacto sino una privación de reciprocidad; apoya directamente el criterio que cierra la misma sección, a saber, si el canal está abierto.

Dos ejemplos de resistencia y una advertencia se añadieron a la octava sección desde la misma fuente: la existencia de quienes logran resistir no muestra que la condición sea inofensiva. También se registró la convergencia del hallazgo de la literatura sobre intervenciones con la conclusión fenomenológica, alcanzada por vías independientes.

No hay cambio en el plano de la afirmación; lo que cambió es que el suelo sobre el que la afirmación se apoya pasó de segunda mano a la fuente primaria. Se añadió una entrada a las referencias, y el número de excepciones en la cláusula del régimen de las fuentes bajó de tres a dos.

Esto tiene para la versión española una consecuencia propia. Husserl escribía en alemán y Guenther lo cita en inglés; los conceptos de la sexta sección no se han traducido aquí para esta página ni se han remitido al alemán, sino que se han tomado de la tradición española de traducción de Husserl y Heidegger, establecida por José Gaos, en la que «estrato fundante», «síntesis pasiva», «apareamiento» (Paarung) y «ser-con» (Mitsein) son los términos asentados. La palabra alemana se conserva junto al término español allí donde nombra el mecanismo. Conviene registrar además un punto de formulación: el texto turco dice que esta configuración de síntomas no se encuentra en ningún otro lugar; en la fuente el juicio se hace en dos partes, y esta versión sigue a la fuente: la configuración se describe como sorprendentemente singular, mientras que son las perturbaciones perceptivas en particular las que se dice que apenas se encuentran en ningún otro sitio.

v1.0 · 20 de julio de 2026 · primera publicación de la versión española.

Este texto español es una traducción del original turco y lleva su propio número de versión; no hereda el historial de versiones del texto turco. Las notas de versión anteriores registran la historia de contenido de este ensayo, común a todas las lenguas.

Notas sobre la traducción

El pasaje citado en la undécima sección es de Johann Georg Zimmermann, que escribía en alemán; la frase que figura en el texto reproduce la restitución inglesa de Rydberg (2021), de la que también parte la versión inglesa, y se ha vertido aquí al español. El español cuenta con traducciones publicadas de la obra (la de Fernando de Gabriel y Apodaca, Madrid, 1850, y la de Pedro Espina y Martínez, Madrid, Bailly-Baillière, 1910), que no se consultaron directamente al preparar esta versión; la cita no procede de ellas. La regla seguida en estas páginas prefiere una traducción establecida a la nuestra, y no se ha seguido aquí por una razón: es precisamente la fuerza normativa de la frase lo que el ensayo le toma prestado, pues se cita como una exigencia dirigida a quien juzga, no como el programa de un autor, y por eso importa conservar sus dos verbos, observar y examinar, y su imagen final de los buenos frutos.

Un pasaje pidió una adaptación. La cuarta sección observa que en inglés, igual que en turco, una sola palabra recubre la soledad elegida y la soledad impuesta. El español está en la misma situación: una sola palabra, soledad, cubre ambos fenómenos. La observación se incorporó sin modificar la afirmación de la fuente (Long y Averill, 2003), que versa sobre el inglés, y en el cuerpo del texto los dos fenómenos se distinguen por su adjetivo, elegida e impuesta.

Citas

Las fuentes citadas por extenso en este ensayo son, salvo Zimmermann, obras en lengua inglesa. Sus pasajes se han traducido para esta versión directamente desde los textos originales, y no desde la versión turca ni la inglesa. Esto vale para los relatos de los reclusos y el encuadre clínico de Grassian (1983), el párrafo de revisión y las dos observaciones de Storr (1988), el participante #62 de Solomonova et al. (2025), las observaciones de Weiss (1973) y el ítem de escala de Weinstein et al. (2021). No se ha localizado ninguna traducción española publicada de Storr (1988) ni de Alberti (2019).

Las entradas de diccionario de la cuarta sección no se han traducido deliberadamente. Lo que allí se discute es el sentido de una palabra inglesa en un siglo dado; las entradas son ellas mismas la prueba, y una prueba traducida ya no prueba nada. Figuran en su formulación inglesa, con la explicación que las acompaña en español. La definición de Thomas Blount se da tal como aparece en la edición de 1661 de la Glossographia, un diccionario publicado por primera vez en 1656.

El examen de las fuentes llevado a cabo antes de la publicación

Este texto pasó por un examen de las fuentes antes de ir a la publicación. Todas las citas y valores numéricos se verificaron de nuevo sobre los textos fuente mismos. Se hicieron cinco correcciones en esa ronda: el tamaño de la muestra del estudio Solomonova (sesenta y ocho participantes, y no más de cien entrevistas), dos proporciones en el mismo estudio (un tercio y no un cuarto recibió antipsicóticos; la expresión «abandonó el retiro» se refería en la fuente a quienes recibieron un nuevo diagnóstico), la cadena de citación del resultado sobre intervenciones en la sexta sección (el resultado no lo constituyen los datos propios de Holt sino los dos metaanálisis que allí se informan; se añadieron las fuentes primarias), la supresión de tres criterios atribuidos en la novena sección a Somer 2002 e inhallables en ese texto, y una restitución más fiel de la primera cita de Grassian. A ello se añaden una capa incorporada a la cuarta sección sobre el carácter mono-fuente del argumento histórico (Rydberg 2021, Zimmermann), y en la undécima la contrapartida empírica de la permeabilidad (Paterson y Park 2023), acompañada de un testimonio tomado del primer tratado moderno completo sobre la soledad.

Lo que se señala como argumento propio

El borrador previo a la publicación contaba dos puntos como razonamiento propio del ensayo. Una búsqueda ampliada retiró uno de ellos.

El primer punto, que la frontera entre soledad elegida e impuesta es permeable en las dos direcciones, ya no se presenta como un argumento original: la transformación de una soledad impuesta en un recurso fecundo está documentada cualitativamente (Paterson y Park, 2023), y el texto se apoya en ese estudio.

El segundo punto, que el criterio que separa la transformación verdadera de la capitulación reside en la dirección de la capacidad, sigue siendo la construcción propia de este ensayo; se extrajo de una comparación del material en bruto de Grassian y de Storr, y no se injertó sobre las fuentes. Sigue siendo necesaria una salvedad: el criterio no se sostiene en el vacío, y está emparentado por su lógica con la discusión de las preferencias adaptativas y con el enfoque de las capacidades. La afirmación no es «tal criterio no existe en el campo» sino «la construcción propuesta aquí, y su fundamento en estos dos casos, pertenecen a este ensayo».

Régimen de las fuentes

Los textos íntegros de las fuentes citadas se han obtenido, archivado e indexado. La versión v1.0 tenía tres excepciones; una se cerró en v1.1, y dos quedan abiertamente nombradas. Otras dos se añadieron en v1.2 y también quedan consignadas más abajo.

Guenther (2011), Subjects without a world? An Husserlian analysis of solitary confinement, no se utilizó en este ensayo; la discusión fenomenológica de la sexta sección reposaba únicamente sobre el análisis propio de Gallagher (2014), y los conceptos de Husserl, Heidegger y Merleau-Ponty se señalaban como discutidos por él. Este trabajo resultó estar luego en acceso abierto, pero su texto no llegó a estar disponible durante la preparación de esta versión. (Esta excepción se cerró en v1.1: la fuente se leyó y entró como fuente primaria en la sexta sección. Las frases anteriores se dejan sin cambios porque registran el estado de la v1.0.)

Somer (2002) no está en acceso abierto. La definición del concepto pudo verificarse mediante un texto traducido que se halla en los archivos del autor; el texto original inglés no se consultó. Por eso la afirmación que reposa sobre esa fuente se ha limitado al núcleo que la traducción podía establecer.

Zagic et al. (2022) no está en acceso abierto y no se consultó directamente; como su resultado se informa a través de Holt (2025), se da en el texto y en la referencia con la mención «según se informa en». Para el segundo hallazgo en el mismo lugar, la fuente primaria (Masi et al., 2011) se obtuvo y se usó directamente.

King (2010) así como Sumell y Wallace (2006) no se consultaron directamente (las dos excepciones añadidas en v1.2). Los dos ejemplos de resistencia de la octava sección provienen de la restitución que de ellos da Guenther (2011) y llevan en el texto la mención «según se informa en». Las referencias se tomaron de la bibliografía de la fuente que los informa y se integraron para que el lector pueda seguirlas; se verificó la accesibilidad del enlace al artículo de prensa. Los textos de estos dos testimonios no se han leído, y los detalles figuran solo en la medida en que la fuente que los informa los retuvo.

Nota sobre los números de página

Las citas de Storr (1988) y de Koch (1994) provienen de textos electrónicos. Los datos de publicación de Storr se verificaron (primera edición el 18 de julio de 1988, Free Press, 216 páginas), pero como se ignora qué paginación lleva la versión electrónica, no se da ningún número de página. Se prefirió la laguna a un número inverificable. Es distinto el caso de Zimmermann (1784): el pasaje se ubica al comienzo de la segunda parte, en las páginas 3 a 4 de la edición de Leipzig.

Otros Textos

Versión 1.2 · Primera publicación: 20 de julio de 2026 · Revisión: 21 de julio de 2026, la capa fenomenológica de la sexta sección asentada sobre su fuente primaria (Guenther, 2011); dos ejemplos de resistencia y una advertencia añadidos a la octava sección, esos dos testimonios luego nombrados (King, 2010; Sumell & Wallace, 2006)

Registro de archivo permanente, todas las versiones: 10.17613/w2n8x-k5w88 · Knowledge Commons